martes, 23 de abril de 2019

Mi escape

Eran la decada de los 60' y el machismo seguía rigiendo el mundo.

Una tierna niña, con ojos grises como la plata y cabello castaño cual roble, se hallaba escondida dentro del armario de su habitación, donde la había ocultado su madre, para protegerla...

Estaba tapándose los oídos y acurrucándose con las prendas.

Su madre le había enseñado a cantar en silencio cuando tuviera miedo, y era eso lo que estaba haciendo.

Los gritos, llantos y estruendos habían cesado luego de que alguien cerrara con fuerza alguna puerta.

Esperando que ya todo hubiera acabado, salió sigilosamente de su escondite y se dirigió a la cocina.

En el trayecto, observó vidrios rotos, cuadros destrozados y más desastres.

Finalmente halló a su madre, posada en una esquina, algo ensangrentada y limpiándose las lágrimas con las pocas fuerzas que le quedaban.

Al ver a su niña, le brindó una sonrisa tranquilizadora y extendió sus brazos para envolverla en un abrazo.

_¿Estás bien, pequeña?_ preguntó la madre con la voz más dulce jamás escuchada.

La niña solo asintió ligeramente con la cabeza y estrujó aún más fuerte a la mujer.

_¿Quieres hacer algo divertido?_Y volvió a sonreír a pesar del dolor físico y emocional que sentía.

La pequeña volvió a asentir tímidamente.

La madre se puso de pie y buscó del estante de la sala un libro de antigua apariencia. Se sentó a horcajadas junto a su hija y empezó a leer en voz alta.

Desde entonces la niña, cada vez que sentía que su mundo se caía, simplemente agarraba un libro y escapaba hacia uno mejor...

Sara Reckziegel

martes, 9 de abril de 2019

Desnuda

Nunca me he sentido tan expuesta. Tan vulnerable.
Lo que tienes frente a ti es una versión mía que nunca antes conoció la luz. Una que, creo que ni yo misma he contemplado jamás.
Por algún motivo que desconozco, te estoy revelando mi desnudez; y sin procurar siquiera cubrir mis cicatrices u otros defectos. Sin fingimientos. Sin las falsas fortalezas con las que siempre me visto.
Sin mentiras.
Esto es todo lo que soy. Alguien sin nada interesante que ofrecer; alguien que ha recibido muchos golpes y a quien no le haría diferencia uno más en caso de que decidieras ignorarme y marcharte en este momento. Que sería la decisión más prudente.
No pidas un porqué; yo tampoco lo sé. Simplemente sentí la imperante necesidad de desnudarme frente a ti al mismo tiempo en que me desvisto. De mostrarte mi alma: dándote la posibilidad de tocarla e incluso destrozarla si fuere tu voluntad.
Y es en este momento en el que me doy cuenta de que todo lo que me empeño en proyectar no es más que una vil mentira; pelando mis capas advierto que las que están más adentro, las más importantes, son aquellas que me revisten de inseguridad, desconfianza y debilidad.
No soy fuerte, como me gusta creer; tengo inseguridades tan abismales que no comprendo cómo caben ahí. Escondiditas. Pasando desapercibidas pero no dejando, a fin de cuentas, de estar presentes. Y al acecho.
Y ahora que lo veo todo con claridad, no sé cómo actuar. No sé cómo seguir. Me siento como un niño que descubre que todo lo que le han enseñado está mal. Que todo lo que creía conocer lo desconoce.
¿Qué piensas que debería hacer? ¿Seguir fingiendo, y sufriendo por ello cada que me encuentre cara a cara con mi soledad? ¿o sacar a la luz mi deprimente realidad? En ambos caminos puedo pronosticar cierto dolor y pesar, entonces, ¿es mejor sufrir por apariencias o por la realidad?
Creo que seguiré con las apariencias... Al menos ellas no lucen tan penosas. Aunque esto será aplicable solo ante los demás ahora que tú sabes la verdad y empiezas a verme con otros ojos; con los ojos de quien está atando cabos, uniendo piezas, y analizando.
Aunque yo misma te haya recomendado la prudente decisión de marcharte -por tu bien, no por el mío-, ahora temo que lo hagas. Ese golpe tal vez sí sería más fuerte de lo que puedo soportar. Mas, ya es tarde para volver a vestirme; porque, aunque lo hiciera, ya has visto la verdad. Y no volverás a tragarte esa, aunque muy elaborada, apariencia mentirosa; y ya veo cómo vas juntando tus cosas para salir y, probablemente, no regresar.

Sara Reckziegel

domingo, 7 de abril de 2019

Tú, tú, tú.

Dije que no te volvería a escribir. Ya en el fondo sabía que mentía, pues, he perdido la credibilidad en lo que se refiere a todo lo que supuestamente dejaré de hacer contigo.
Y en esta ocasión, probablemente te escribo para perder la dignidad. Aunque eso no es novedad, ¿verdad? Ya debería ser hora de que entienda que no debes ser una necesidad; que debo amarme a mí primero para poder amarte desde la independencia emocional. Pero ve a decirle eso a mi ingenuo corazón. Que hasta palpita diciendo: "tú, tú, tú".
Creo, no. Estoy segura de que yo fui el problema. No es necesario que lo digas, ya sé que te sofoqué siendo tan atorrante como soy y no sabiendo comprimir lo que llevo dentro.
En algún momento se me habrá averiado aquel filtro que las personas prudentes llevan incorporado. Ese que descarta lo que no te conviene sacar y que te ayuda a pensar claramente el comportamiento adecuado. Creo que se llama conciencia, pero oigo tantas voces en mi cabeza que gritan más alto que ya ni distingo si lo tengo o no.
Por eso te escribo de nuevo, te escribo para decirte por escrito lo que no puedo hablar. Lo que gritan mis ojos aunque tú no sepas leerlos. Lo que necesito que sepas, pero acostumbro callar por falta de valentía (por no decir, exceso de cobardía).
¿Acaso cambiará algo? Tal vez sí, tal vez no. Y, sinceramente, lo dudo. Sin embargo, al menos tendré la conciencia tranquila al saber que hice hasta mi último intento por salvar de la muerte a cual fuere la relación que tenemos. O teníamos.

Sara Reckziegel

lunes, 1 de abril de 2019

Lugar equivocado

Acabo de entender que este no es mi lugar.
Lo siento si tardé en hacerlo. Pero este no es mi lugar porque, aunque te quiera con locura, nunca me siento cómoda a tu lado.
Es frustrante tener que cuidar lo que hago o digo cada que estás conmigo, no siento presente mi atesorada libertad.
Y este no es mi lugar, porque algo me impide desplegarme, algo me impide "ser". Y ese "algo", eres tú; tú y tus maneras, que esperas que el mundo se adecue a ti en lugar de hacerlo tú; que esperas que yo lo adivine todo y me haces sentir como si fuera una niña tonta cada vez que se me escapa un poco de mi real forma de ser.
Y nuevamente lo siento, porque, aunque me desviva leyendo y escribiendo, no estoy hecha de papel y no puedo seguir así.
O tal vez pueda, pero evidentemente, no quiero.
Sara Reckziegel

Qué será tienen las palabras

 Amo escribir. Pero m ás que amarlo, lo necesito. Como respirar. El ex-presar lo que preso en el pecho está. El soltar lo que danza y danz...

Destacadas