Dije que no te volvería a escribir. Ya en el fondo sabía que mentía, pues, he perdido la credibilidad en lo que se refiere a todo lo que supuestamente dejaré de hacer contigo.
Y en esta ocasión, probablemente te escribo para perder la dignidad. Aunque eso no es novedad, ¿verdad? Ya debería ser hora de que entienda que no debes ser una necesidad; que debo amarme a mí primero para poder amarte desde la independencia emocional. Pero ve a decirle eso a mi ingenuo corazón. Que hasta palpita diciendo: "tú, tú, tú".
Creo, no. Estoy segura de que yo fui el problema. No es necesario que lo digas, ya sé que te sofoqué siendo tan atorrante como soy y no sabiendo comprimir lo que llevo dentro.
En algún momento se me habrá averiado aquel filtro que las personas prudentes llevan incorporado. Ese que descarta lo que no te conviene sacar y que te ayuda a pensar claramente el comportamiento adecuado. Creo que se llama conciencia, pero oigo tantas voces en mi cabeza que gritan más alto que ya ni distingo si lo tengo o no.
Por eso te escribo de nuevo, te escribo para decirte por escrito lo que no puedo hablar. Lo que gritan mis ojos aunque tú no sepas leerlos. Lo que necesito que sepas, pero acostumbro callar por falta de valentía (por no decir, exceso de cobardía).
¿Acaso cambiará algo? Tal vez sí, tal vez no. Y, sinceramente, lo dudo. Sin embargo, al menos tendré la conciencia tranquila al saber que hice hasta mi último intento por salvar de la muerte a cual fuere la relación que tenemos. O teníamos.
Sara Reckziegel
No hay comentarios:
Publicar un comentario