viernes, 5 de junio de 2020

Espejo roto

Tantos años, tanto tiempo sufriendo en silencio por lo mismo.
No hablando de ello o haciéndolo contadas veces y de manera desesperada en busca de una solución.
Aunque en mi mente, esa voz gritara cada vez más alto, más fuerte. Y en mi pecho, el agujero se hiciera más profundo, más pesado.
El insomnio y las lágrimas se aliaron, para hacer mis noches y soledades duras. Los temblores en las manos se sumaron, ya luego costaba respirar e hizo también presencia aquel dolor desgarrador en el pecho.
Todo era orquestado por esa voz. Por mi mente.
Pasaba el tiempo, y me sentía más cansada; siempre desganada e incluso las cosas que tanto amaba perdieron el sentido. Pero nadie se dio cuenta.
Dormir era todo lo que estaba bien. Leer también ayudaba... Porque así saltaba de este mundo y fingía ser otra persona por un rato. Era más sencillo enfrascarme en eso que hacerle frente a la realidad tan cruda. Y otra vez, nadie se dio cuenta.
Luego de mucho tiempo, dejé de ser la de antes. Dejé de pensar en sueños y colores, y pacté con la miseria.
Ya nada importaba. Todo había perdido el color, el sabor, la fragancia. Y el sentido.
Pero hoy me he dado cuenta de algo. Ya ha pasado tiempo de todo eso, ya no me siento así.
Extrañada, traté de entender qué cambió y luego de mucho pensar... Finalmente, lo entendí.
Todo perdió tanto el sentido, tanto, que incluso lo que hacía y lo que sentía también lo hizo.
No tenía el más mínimo sentido vivir con aquellos eternos complejos de insuficiencia. Comparándome todo el tiempo con personas que creía mejores o más bellas. Gastando inmensas cantidades de valioso tiempo deseando ser alguien más. Tratando de imaginarme en otra pinta y otra vida. ¿Y por qué no podía simplemente querer ser yo, y abrirme a lo que la vida preparara para mí? ¿Por qué eso no podía estar bien también?
Busqué tanto las manchas negras en el manto blanco, y como solo encontré algunas poquitas de un claro color beige, decidí imaginarlas más grandes y de negro, para martirizarme por estar defectuosa y por no ser digna de nada.
Toda esa orquesta, con mi mente como directora, escondía algo a la vista. Era mente la que la dirigía.
Todo lo que hacía falta para frenar el desastre, era que yo aprendiera a ser quien controle a mi mente, y no ella a mí.



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