Te observo mientras duermes, a la vez en que tomo la decisión más importante de momento.
Tú duermes plácidamente, manteniendo un rostro angelical que de otro modo no estaría presente. Y yo sigo observando:
Cada línea de tu rostro, el ritmo pausado y manso de tu respirar, y tu apacible gesto tan fuera de lugar.
Voy al balcón enfundada en tu camiseta y el contacto con la frescura nocturna eriza cada bello de mi piel. Enciendo un cigarrillo, pese a mis constantes declaramientos de dejarlo. Pero ya ves, también me he prometido dejarte y aquí estamos. Parecieran que exhalando el humo se aligeraran mis penas, esas que ya aprendieron a nadar.
La luna se oculta tras las nubes. Privándome de su consejo. Sugiriendo que utilice la madurez al menos en esta vez, y al tratar de hacerlo no hago más que atender a lo obvio: que no nos queremos, salvo cuando alguno de los dos está con otro y que juntos solo ocasionamos destrozos. Somos como un huracán que arrastra a todo aquel que se encuentre a su paso, sin escatimar en daños. Conociendo todo sobre el orgullo, la falta de dignidad, la desesperación, y la momentánea tranquilidad.
Por eso me voy -lejos-. Porque este infierno es demasiado grande para mis demonios, y porque anhelo vivir de verdad.
Pero me llevo tu camiseta, que te suplirá cuando precise sentirte cerca; cuando todo sea muy tranquilo y el equilibrio requiera... un poco de caos para poderse estabilizar.
Sara Reckziegel
miércoles, 29 de mayo de 2019
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