Habemos quienes disfrutamos del tiempo a solas; de la quietud, la armonía y la paz que implica. Pero, aunque no nos quejemos, entendemos que conlleva más de lo que aparenta.
Significa no tener quien te organice una fiesta sorpresa, y probablemente, no tener quienes invitar a una; significa que hayan solo una o dos personas con quienes te sientas verdaderamente a gusto, si es que las hay. Implica no tener a quien acudir en caso de necesitar donde dormir esta noche u otro auxilio. Es, posiblemente, no poder evitar sentir cierta envidia de aquellos que tienen un numeroso grupo de amigos muy unidos, y que tus redes sociales no colapsen en cumpleaños o fechas especiales. Es no recibir invitaciones a bailar o al karaoke, que no te tengan en cuenta para las pedas, ya que todos te creen muy cerrado. Pero no. No somos cerrados. Solo tendemos a la soledad por sentirnos seguros en ella; por no tener las habilidades sociales quizá, para ser tomados en cuenta; por dominar el arte de disfrutar de nosotros mismos aunque deseando con ímpetu hacer lo mismo con compañía.
Pero, no es más que nuestra la culpa; porque en algún momento, que no recordamos con claridad, decidimos alejarnos, pensando en que no daríamos nuevas oportunidades de que nos defraudaran. Sin embargo, con frecuencia pensamos en que deberíamos buscar el equilibrio, puesto que, todo lo mencionado anteriormente, aunque no queramos aceptarlo, pesa y mucho.
Mas, cuando tratamos de soltar el fuerte abrazo a nuestra zona de confort, a menudo volvemos a ella, haciendo aún más fuerte el enlace.
Anhelamos vivir experiencias divertidas, lidiar con los dramas del romance; llorar de la risa por sinsentidos que tengan sentido para los que estemos allí; que nos hagan cambiar el modo de ver el mundo al escuchar filosofías distintas a las propias, y "ser". Seguir siendo aun fuera de nuestra burbuja, seguir siendo aun en compañía.
Porque, aunque a veces nos guste estar solos... Odiamos sentirnos así.
Sara Reckziegel