Hoy, nuevamente esperé emocionada tu llegada -pese a lo que pasó la vez anterior, y la anterior a esa-.
Preparé tu platillo favorito para la cena, dejé todo impecable para que te sintieras a gusto en un ambiente agradable, y traté de ponerme bonita, esperando que me miraras con ternura igual que antes.
Pero la realidad me volvió a golpear cuando abriste la puerta y, tras entrar, la cerraste de un portazo.
No te miré a los ojos directamente, para no enfurecerte.
Tus pasos firmes se dirigieron al comedor, y me senté junto a ti, aún sin mirarte.
Comiste un bocado o dos, y empujaste los cubiertos, que cayeron al piso ocasionando un desastre.
Solo soltaste un gruñido de disgusto antes de retirarte a la habitación y dejarme allí, con la cabeza gacha, tan destrozada como los trastes; preguntándome ¿qué habré hecho mal?, y lamentando no ser digna de ti; creyéndome, nuevamente, como la vez anterior, y la anterior a esa, la peor mierda del mundo; y pensando en que mañana, quizá sea diferente.
Sara Reckziegel
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