Me cuesta, y mucho, tragarme el maldito orgullo que siempre me impide tener paz... y ser feliz.
Me cuesta, y ¡Carajo, cómo me cuesta!
Pero hoy, cuando casi te escribo para felicitarte, pensé: "con qué cara pienso hacer eso y actuar como si nada", cuando yo evité todo contacto desde el principio, sin pedir explicaciones ni darte la oportunidad de darlas.
Estaba dolida, y en un mal momento. E hice lo que mejor sé: Cagarla y a lo grande.
Varias veces casi llego a escribirte, lo más cercano fue aquella publicación que te envié porque no sabía como empezar. Qué irónico teniendo en cuenta lo mucho que me gusta jactarme de mi amor por la escritura.
Y últimamente estuve reflexionando demasiado. Mis mayores pilares están tan lejos, que a veces siento que ya ni los tengo, y definitivamente no quiero perder a más gente que amo y aprecio.
La culpa me estuvo carcomiendo, cuando ocurrió algo y a quién quise contárselo fue a ti; o cuando quería tener de nuevo alguna de esas llamadas largas durante la madrugada, contándonos todo lo que sucedía y el cómo nos sentíamos al respecto, pero no es lo mismo con nadie más.
Me arrepiento, de dejar que mis inseguridades dominen mi mente, haciéndome creer siempre que no puedo confiar en nadie, que en algún momento todos me decepcionarán. Pero ya estoy grande para intentar justificarme con cosas que la madurez, que al parecer aún no me toca, ya debió haber dejado en el pasado.
Y, precisamente pensando en ello: en que es hora de crecer, es que decidí iniciar por lo que ocupaba mayor espacio en mi mente... Decirte Feliz Cumpleaños.
Posdata: Lo siento.
Sara Reckziegel
No hay comentarios:
Publicar un comentario