domingo, 10 de mayo de 2020

Hay días, y días.

Hay días...

 Y días.

Todos variamos nuestras facetas algún que otro día.
A veces, pareciera que algo funciona distinto dentro de nosotros, porque mostramos un brillo tan potente, que le luce inusual hasta a la persona más alegre y optimista. Es una sensación maravillosa que nos empodera y nos genera una confianza suprema. En esos peculiares días, nos sentimos capaces de todo y definitivamente es así porque todo lo que hacemos se nos da bien.

Me hubiese gustado que este fuera uno de esos días, en lugar de el día que fue.

Porque también hay de esos otros días, que tampoco son los comunes y que son especiales pero de otro modo. En estos días de los que te hablo, uno se siente diferente, pero no por el brillo, sino por la opacidad. En donde desde que te levantas de la cama, o quizá después de unas horas, te empiezas a sentir extraño. Te vas dando cuenta de que haces cosas sin querer, o empiezas a hacer cosas que, de repente, revisas y resulta que no tienen ni el más mínimo sentido.
Se te olvida todo, no te puedes concentrar, te distraes con una rapidez ensordecedora. Y sientes que vuelas pero no en un buen sentido.
La frustración es la actitud que rige estos días que, gracias al cielo, tampoco son tan frecuentes. Y esta frustración es acompañada por la tristeza y los constantes suspiros.

Entonces uno solo espera que llegue la noche, y se suele ir a dormir más temprano de lo común. Con la sola intención de que ese día ya acabe, y esperanzado de que, el día siguiente no vuelva a coincidir ese mismo tipo de día.

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