Hoy pido, no. Exijo un brindis.
Exijo dos copas rebosantes de champán, o de vino tinto, o de vodka barato, para esta ocasión especial.
Que, en realidad no es una ocasión especial, pero es en memoria de muchas otras ocasiones que sí lo fueron.
Brindo por esos momentos que vivirán únicamente en nuestra memoria. Aunque ya quizá solo en la mía, porque puede que la tuya los haya dejado morir.
Pero qué importa. No me duele la pena de lo que dejó de ser. Prefiero quedarme con la gloria de lo que fue, y alimentar mi contento recordando que mi dicha fue plena. Y, francamente, valió la pena cada segundo.
Y este brindis es como un ritual. Algún cierre de ciclos que excluye los cortes de cabello o cambios drásticos de look. Porque, pensándolo bien... Por fuera creo que seguimos luciendo exactamente igual. Pero -no sé si lamentablemente o no-, ya no somos los mismos.
Luces igual, pero te veo tan diferente. Y quizá tu puedas alegar lo mismo en cuanto a mi respecta. En realidad no lo sé. Aunque siempre me haya jactado de leerte con facilidad, nunca pude verme a través de tus ojos, y lo anhelaba con tanto fervor.
Pero esa ignorancia probablemente fue lo mejor. Sospecho que me ahorré sobrados disgustos al no ver el cambio en tu mirar. Miento. Claro que lo noté, pero preferí fingir demencia y así entendí que esa ignorancia tenía sus encantos.
¡Salud! -Digo extendiendo mi copa al cielo.
¡Por ti, por mí!
Y por lo que fue, sin haber debido ser.
-Finalmente, bebo cada gota de su contenido y lanzo el cristal a un costado, sin interesarme en lo que suceda con él.
Sara Reckziegel
sábado, 2 de mayo de 2020
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